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El costo de la Envidia
"La mente tranquila es vida para el cuerpo, pero la envidia corroe hasta los huesos".

La envidia se puede definir como tristeza de lo que nos falta. Un resentimiento irracional que causa el bien ajeno. Un disgusto que surge debido a las cualidades, posesiones o posición de otro. Es un deseo obsesivo de tener lo que otro tiene. Incluye sentir enojo porque alguien tiene lo que uno no ha alcanzado. Es un deseo, a veces disimulado (otras no tanto), de querer que todos sean menos que uno. La envidia, como todas las experiencias humanas, está sujeta a la decisión. Se acepte o no, uno decide envidiar. Es una especie de emocion interna que nace casi sin aviso. Pero si se tiene conciencia, uno aprende a detectarla en uno mismo conscientemente para admirar a los demás por sus logros, porque sé que si no los admiro terminaré envidiándolos. Y sabe, el envidioso lo que manifiesta con su actitud es incapacidad para competir de manera justa y estas personas, por lo general, no actúan con altura. Por eso, se dedican a ser sombra a los otros.

Los envidiosos sólo están contentos consigo mismos, nada de lo que vean acá les va a parecer suficientemente bueno para superar lo propio. Por eso están descontentos con todo. Critican las exposiciones, critican a los oradores, ponen falta a los cantantes, les parecen flojas las bandas o demasiado sofisticadas para tal o cual evento.

El apóstol Pablo pone a la gente así en la lista negra: "Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os le he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios" (Gálatas 5:19-21).

Hace algún tiempo estuve en un viaje misionero en Colombia y, en la ciudad de Medellín, encontré algo que ya casi es imposible de hallar en nuestras organizaciones. Los pastores de Medellín (de todas las corrientes teológicas y doctrinales) pertenecen a una sola asociación de pastores. Una sola. Cuando se le pregunta al presidente de AMEM (Asociación de Ministros de Medellín) ¿Qué harían si les surge otra asociación de pastores? Su respuesta es poderosa: disolvemos la que tenemos y todos nos unimos a la nueva.
Eso es lo que llamo una resolución de carácter a prueba de envidia. Estos pastores saben lo grave que es dar lugar a la envidia entre hermanos. Querido lector, la envidia es como un cáncer que te va comiendo por dentro y termina matando tus propias posibilidades. La envidia es un pecado monstruoso. Alguien dijo que la envidia es como un grano de arena en el ojo que irrita y hará infeliz al que la posee. En el libro de Job se lee: "…Al codicioso lo consume la envidia"
(Job 5:12).

Ten cuidado con ese peligroso cáncer que se llama envidia; si no le pones cuidado, crecerá y finalmente te matará. Es mejor ser envidiado y no envidiar. No puedes ser culpado por lo que otro sienta sobre ti, pero si eres tú el envidioso, estás pecando.

“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”
(Santiago 4:1-3).

Hay gente que gasta el dinero que no tienen, para producir, escribir, grabar o exhibir un estatus que no tienen para competir con gente que le cae mal. Grave error, nunca caigas en ese juego.

¿Cuál es la razón por la cual haces lo que haces?
Si es para lucirte ante otros, equivocaste el propósito.

Deja de criticar lo que otros están presentando, eso se llama envidia. Es lo más sano que puedes hacer, tanto para tu salud física como espiritual.

No trates de representar al cantante que no eres o al autor que está de moda. No trates de ser alguien que no eres. Haz algo mejor, admíralos, hónralos, y trata de superarte. No hay nada malo con ser tú.