Qué fácil fallamos y caemos en ellos cuando hablamos desmedidamente sin tomarnos el tiempo para analizar lo que decimos, a veces hasta decimos lo que no queremos decir. Nosotros somos el producto de lo que hablamos, somos la consecuencia de lo que pensamos. Estoy plenamente de acuerdo cuando se afirma que " La boca del necio es su perdición, sus labios son para él una trampa mortal". Sin lugar a dudas nos permitimos hablar, a veces con demasiada libertad, con demasiado libertinaje y, porque no decirlo, hasta en forma irresponsable. Con el tiempo, la manera en que nos expresamos nos mete en problemas. Sí, eso es lo que le pasa a la gente cuando no tiene cuidado al hablar.
Mucha gente dice: "yo digo todo lo que pienso"; y hasta hacen alarde de eso, lo cual es un error inmenso, por algo Dios nos dio dos orejas y una sola boca. Seguramente Él tenía en mente que deberíamos oír el doble antes de hablar lo propio. Debemos pensar muy bien lo que hablamos. Si usted hace alarde de que dice todo lo que piensa, realmente, está hablando muy pobremente de lo que es usted como persona. No todo lo que viene a la mente se puede hablar, sin embargo, todo lo que viene a la mente, debe ser examinado, corregido y expresado una vez que ha sido debidamente analizado y presentado frente a lo que es el primer mandamiento. Esto es que esa expresión, que ese pensamiento, que esa palabra, no vaya en contra de la dignidad y la honra a Dios y que no vaya en ofensa contra el prójimo.
Todo lo que usted habla, todo lo que usted confiesa, todo lo que usted expresa, debe estar filtrado por esos dos principios, que no deshonre a Dios y que no lastime a nuestro prójimo. La confusión de la gente en los momentos de pedir a Dios y de suplicar a Dios por milagros, por intervención divina especial, es ver que oran, ayunan, hacen promesas y no ven cambios sino ven los milagros. ¿Sabe por qué? Porque no han cuidado la manera en que hablan, no han cuidado la manera en que se expresan y al estar orando por tiempo indefinido, al haber estado intercediendo por peticiones, y no ver el efecto de ello, trae confusión a su mente. ¿Qué viene a la mente? Vienen ideas como: Dios no me escucha, Dios no me ama, Dios me ha desechado. Trae confusión y la confusión viene a cancelar la fe, y la fe cuando sale, a lo que da lugar es a la duda y con ello al miedo.
La confusión se puede evitar cuando nosotros tenemos cuidado de lo que hablamos, de lo que expresamos, y de lo que confesamos. Primero note que no puede suceder nada en su vida si usted tiene su mente comprometida con malos pensamientos. Note que no va a haber respuestas de Dios, si usted tiene pensamientos de dudas contra Dios. No van a haber milagros, no van a haber sanidades, no va a haber intervención divina en la persona que expresa maldición contra su prójimo, la persona que expresa o piensa dudas acerca de Dios.
Si ha sido descuidado en la manera en que usted piensa, en la manera en la que usted habla de su prójimo, o acerca de Dios, esa es la razón por la cual usted no ha visto todavía realizada en su vida aquella esperanza, aquella promesa aquel milagro. Trae confusión cuando en su corazón hay dudas y se bloquean los milagros cuando su boca habla algo distinto a lo que habla la boca de Dios. Para ver provocado el milagro en nuestras vidas, para ver la manifestación de la misericordia y la gracia de Dios, en nuestro corazón pero también en nuestra boca, tiene que haber un mismo sentir. Tiene que haber una misma confesión acorde con lo que Dios ha confesado de usted. "En ti serán benditas las naciones de la tierra", le dijo a Abraham, y Abraham debió creerlo y Abraham debió decirlo, Abraham debió confesarlo.
Dios ha dicho de usted, que por la llaga de Cristo usted ha sido sanado, tiene que confesar lo mismo que Dios ha confesado, ha expresado y ha dicho de usted. Ha dicho que la sangre de Cristo puede cubrir y lavar todos sus pecados, su lengua debe confesar lo mismo, debe hablar como Dios habla.
Por. Ps. Edwin Lemuel Ortiz
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